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Otro Rollo
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01 Febrero, 2007
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Breve crónica de un rollizo convicto y confeso
Estoy harto de que me digan que estoy gordo. Que "gordito" por aquí, que "gordito" por allá. Ver crecer mi papada es quizás lo más aterrador que me puede suceder cuando estoy frente a un espejo. O que la correa empiece a ajustar y ya no ingrese la hebilla en el tercer huequito, sino en el segundo (Por Dios!!!).
En mi chamba, el editor de fotos me dice de cariño "Cuy Gordo"; otros me dicen por ahí “Happy Feet”, el pingüinito regordete de la película animada, y no precisamente porque yo sea un extraordinario bailarín.
Los amigos del barrio me espetan sin reparo un somero: "Topo Gordo". En la universidad, algunos patas me decían "Pequeño Ronsoco" (no sé si por lo gordito o por lo trinchudo).
Y para variar, mi idolatrada madre me recuerda cada tanto, con esa balanza mental que deben tener todas las progenitoras cuando llegan a los cincuentas, que mi grasa corporal ya empezó a aflorar como la espuma: "Haz ejercicios hijito" (dixit).
He vivido acechado por los kilos de más desde que estaba en la primaria (principalmente en 3ro y 4to), pero donde verdaderamente lo sufrí fue cuando tenía entre 18 y 21 años, donde, para serles sinceros, si estaba algo rellenito. Pero gordo, GORDO, no tanto (¿o sí?).
Se estima que en la actualidad, siete millones de personas sufren de sobrepeso en el Perú, cuadro que ya se ha convertido en uno de los principales problemas de salud pública en esta parte del globo y que se caracteriza por el exceso de grasa corporal en la cintura.
Por si fuera poco, en los últimos 30 años, se ha duplicado el porcentaje de niños con sobrepeso, principalmente por la falta de actividad física y malos hábitos alimenticios como el consumo de comida chatarra (¿Kentucky, Burguer, Basurón de la Av. La Marina?) y el exceso de horas frente al televisor, la computadora o los videojuegos.
Con estas cifras voluminosas, no me queda más que admitir que nos estamos convirtiendo en un país de gorditos (en el que me incluyo). Y lo que es peor: en una nación de gente sufrida. Porque, si hay algo que he podido aprender en estos años de (hasta ahora) sana convivencia con los antiestéticos rollitos es que a nadie, absolutamente a nadie, le gusta que le digan GORDO.
Esa vaina de que “la pinta es lo de menos”, son puras bolas. Los gordos son personas estigmatizadas. Se avergüenzan de lucir como lucen. He conocido gordos que jamás querían salir de su casa por temor a las burlas, la chacota, las chapas de "Señor Barriga" o "Jaime Palillo". Individuos que han conocido la humillación de no caber en un XXXL o no poder ir a ver una película al cine porque simplemente no caben en los asientos (eso sin mencionar la lista de enfermedades que se producen por tener más grasa de la cuenta que va desde las enfermedades cardiovasculares hasta la falta de libido).
Parte de ese miedo ha sido aprovechado muy bien por los médicos y las empresas farmacéuticas quienes han abarrotado el mercado con todo tipo de "soluciones" para combatir “la globesidad”, desde gimnasios (Eso del "Reto Gold’s Gym" me parece burlesco en ciertos casos), fármacos inhibidores de enzimas (Xenical ya se puede recetar a adolescentes), dietas (Atkins, Microbiótica o la del Lagarto), parches y otros productos más (lo ultimito es el programa nutro-farmacológico del famosísimo Dr. Ayala. O sea…).
En los últimos años la cirugía bariátrica o cirugía contra la obesidad se ha convertido en la panacea de los gordos Super Size que quieren lograr el sueño del Extreme Makeover sin necesidad de mover un dedo. El acelerado crecimiento de estas intervenciones, que incluyen a la banda gástrica, el bypass, la manga gástrica o el balón gástrico (lo último en haber llegado al Perú), parecen confirmar que el santísimo valor de la PREVENCIÓN (entendida como dietas, ejercicios y etc.) ha fracasado en la batalla contra la grasa. En efecto, las prescripciones de este tipo de operaciones van en aumento y ya se aplican en gente con mucho menor peso y menos edad. ¿Será que nos estamos volviendo más tolerantes frente a la gordura?
Lo peor de todo es que son pocos los galenos que se atreven a explicar las implicancias de someterse a este tipo de radicalismos: nauseas, vómitos, sensación mental de hambre y en muchos casos la muerte. Piénsenlo de este modo: que te partan el estómago en dos, te lo ajusten o te pongan un balón dentro de él, debe ser no solo molesto sino riesgoso (hace poco trascendió que la actriz Mónica Torres, la gordita de "Así es la Vida", sufrió complicaciones por una operación de banda gástrica que se practicó años atrás).
Ahora, no niego que en muchos casos estas operaciones sean muy útiles, en especial cuando hablamos de obesidades graves que ponen en peligro la vida de un paciente. Solo así valdrían la pena.
Recientemente, mi amiga la nutricionista Milagros Agurto (que tiene un programa muy chevere en RPP por las mañanas) me escribió por correo electrónico su opinión sobre el tema. Para ella cualquier técnica o método que se utilice pensando en el resultado inmediato evidencia "un facilismo". Y vaya que tiene razón.
Mientras muchos de nosotros sigamos pensando que la obesidad es un tema de belleza, descuidaremos la verdadera dimensión de esta epidemia. Si no hay un cambio en los hábitos de vida, ningún balón intragástrico o banda podrá tener éxito. Aplaudo su sapiencia. Prometo que desde hoy, pese a estar escribiendo esta columna con un sanguchón grasiento al lado, comeré mejor. Mmm…¿Alguien vio la mayonesa?
MÁS SOBRE LA OBESIDAD...
• Treinta de cada cien mujeres tienen sobrepeso en el Perú, según el INS.
• Quince de cada cien mujeres peruanas sufre de obesidad.
• En el Perú se practican unas 120 operaciones de banda gástrica cada año.
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