"Gracias por todo", le escucho musitar a mi hermano al oído inerte de nuestra madre recién fallecida. "Gracias por todo", dice y arriban a la memoria – como al suelo las lágrimas – los amaneceres infinitos de su ternura, la página abierta de sus claras convicciones, el báculo de su coraje frente a las adversidades, ese Aleph inconmensurable de recuerdos que alentaba con una sonrisa carismática y siempre llena de bondad.
Sí, le agradecemos el favor de sus consejos y enmiendas, las palabras y los silencios, sus oraciones puntuales. Pude felizmente cantarle mi gratitud como lo hizo Manuel Acosta a su madre, clamando con llanto la oportunidad de sentirme un hijo aunque haya forjado, en los pasajes perdidos de la bohemia, sus arrugas y desvelos.
Conocí a la señora Lucha, mamá de Manuel, un día de su cumpleaños. Habitaba en una quinta de Miraflores y accedí a ella por mi más grande amigo criollo, el ingeniero Julio Pizarro Flores. Aprecié la majestad de esa dama que había inspirado el valse más profundo y sensible de nuestro querido compositor. Tuve la dicha de brindarle mi copa y la hice retrato del amor a mi progenitora pero sin el talento expresivo del inmenso Acosta Ojeda
La familia es hechura de Irma en los valores que desbordó. Le escribí a Herbert Mujica, al felicitarlo por sus 50 años, que todos somos una parte de quienes admiramos y quisimos. La frase le gustó pero no era convencional. Lamento discrepar con quienes se sienten obra propia y no reconocen la marca ni la influencia de los que transitan a nuestro lado y riegan con su cariño o ejemplo la semilla de lo bueno que podamos exhibir.
Me tomo esta licencia para ser, alguna vez y públicamente, grato con quien me dio la vida. Grato también con la vida misma que nos viene dando tanto en las grandes luces de la simple existencia y, junto a Violeta Parra, nos permite andar playas, desiertos, ciudades o charcos. O finalmente declarar: madre, amigo, hermano y luz alumbrando la ruta de quienes amamos y amaremos por toda la eternidad. ( cesarcamposlima@yahoo.com)
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