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El rey Juan Carlos de España dio ayer al mundo – y especialmente a la vieja Europa que, desde los tiempos de Napoleón Bonaparte, Benito Mussolini o Adolfo Hitler, siempre se pasma y reacciona tarde ante las dictaduras púberes – una extraordinaria lección de entereza democrática. Y ésta resulta muy valiosa aunque el monarca se haya visto obligado, por pocos segundos, a dejar entre paréntesis su reconocido equilibrio y conducta ponderada con la que supo impulsar la histórica transición del franquismo a la libertad.
Porque Juan Carlos no sólo mandó a callar al matonesco y prepotente gorila que hoy busca perpetuarse en la conducción de la hermana república de Venezuela. También ha propiciado – metafóricamente – taparle la boca a todo aquél que rompa los fundamentos del diálogo, la convergencia civilizada, la tolerancia y el respeto entre los líderes políticos en las citas internacionales.
¿Cómo resulta posible continuar soportando a un orate que insulta a diestra y siniestra, se zurra en los protocolos de los países anfitriones, responde las preguntas de los periodistas con cánticos y termina participando en movilizaciones populacheras donde se agravia a los mandatarios que lo reciben y acogen?
¿Cómo podrá sonar en los oídos del rey que Hugo Chávez endilgue, con toda naturalidad, desparpajo y cinismo, el calificativo de "fascista" al ex jefe del Gobierno espanol José María Aznar – demócrata por sus cuatro costados – repasando su propia vida?
Porque si alguien sabe de fascismos es Juan Carlos quien nació en la Roma de Mussolini, donde su familia cargó sobre sus hombros el exilio obligado por la dictadura de Francisco Franco; y sólo pudo conocer la tierra de sus ancestros a los diez anos de edad.
Qué no sabrá de fascismos el rey si tuvo el coraje de rechazar y resistir el golpe de Estado de 1981, el cual encabezaba un coronel (tanto o algo menos desquiciado que Chávez) de nombre Antonio Tejero.
Por ello, el mundo libertario y enemigo de los dictadores de derecha o izquierda, debe aplaudir con entusiasmo el gesto de Juan Carlos de Borbón, cuyo único imperio y nobleza acreditada, la constituyen su moral, su espíritu ecuménico y su intachable devoción por las formas y contenidos democráticos.
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