Pertenezco a una generación que guardó especial simpatía por la insurgencia del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) contra la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua. Gesta que culminó con el derrocamiento del sátrapa y tuvo una lúcida resistencia a someterse por completo a la esfera soviética, pese a las presiones de Fidel Castro.
Resultó oportuno y natural. Mijail Gorbachov abría los ojos del mundo el ensayo de la Perestroika y el III Congreso del Partido Comunista Cubano de 1986 – curándose en salud – resolvió acercarse a las tendencias socialdemócratas de América Latina. Tras casi doce años de ineficacia, corrupción y pleitos internos dentro del gobierno, con Daniel Ortega en la presidencia, el FSLN perdió las elecciones de 1990 ante su antigua aliada Violeta Chamorro.
A fines de noviembre de 2006, Ortega volvió al poder. Lejos de trazar distancia con las razones que lo llevaron al Index político del fracaso, se ha empeñado en reavivar las viejas recetas populistas, pero esta vez para la mano titiritera de Hugo Chávez.
Bueno fuera que su mediocridad administrativa cosechara contrasentidos sólo en el ámbito nicaragüense. Pero Ortega, pálido guerrillero verbal de las huestes chavistas, ha tenido el atrevimiento de suscribir el pueril argumento de la supuesta persecución del gobierno peruano a Ollanta Humala. Ello sin valorar que frente a las peores arremetidas de la administración de Ronald Reagan contra la gestión sandinista en la década de los 80, el presidente Alan García movilizó la solidaridad latinoamericana con Nicaragua.
Pero el malagradecido Ortega se queda chico si se le compara con el hipócrita Ortega. Porque es útil saber que la persecución más vergonzosa y anti democrática que hoy se registra en el continente contra un adversario político, es la que realiza Ortega contra Eduardo Montealegre, su rival en las elecciones presidenciales de 2006.
Montealegre – líder de la Alianza Liberal Nicaragüense – ha decidido postularse a la alcaldía de Managua. Pero el gobierno de Ortega, de manera ostensible y grosera, ha empujado a la contraloría y a los jueces para que lo enloden con denuncias de corrupción por su pasada actuación como Ministro de Hacienda.
Tal el perfil de Daniel Ortega, el patético presidente de Nicaragua que se envalentona desde la sencillera de Chávez. Ciertamente, pobre Nicaragua. (cesarcamposlima@yahoo.com)
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