Guardamos memoria plena del exitoso paro nacional llevado a cabo el 19 de junio de 1977. Los estudiantes de la Universidad Católica partimos desde el fundo Pando en bulliciosa manifestación. Apenas asomamos las narices a la esquina de las avenidas Bolívar y Sucre, los contundentes varazos de la policía, las bombas lacrimógenas y el eficiente rochabús dispersaron la movilización. Gino Costa – futuro ministro del Interior – resultó detenido por los que serían después sus subordinados.
Sin embargo, lo crucial de esa jornada de protesta no fueron las marchas o las concentraciones. Fue el acatamiento casi absoluto a ejecutar lo que se convocaba; es decir, la paralización de labores. Las ciudades del país estaban casi solitarias por la ausencia de transporte, el cierre de mercados, tiendas y colegios, el grave silencio en los puertos y aeropuertos. A ciertas horas de ese día era posible sentir el vuelo de las moscas.
Por supuesto que el clima de riesgo y temor hizo lo suyo para alimentar la opción de quedarse en casa. Gobernaba entonces un régimen militar que ya había echado mano a los famosos estados de Emergencia. Con las garantías suspendidas, cualquier cosa podía pasar. Hubo trágicos episodios como lo ocurrido a la esposa de Ricardo Letts, acribillada en una calle de Lima por un efectivo militar en pleno "toque de queda".
¿Qué tan vieja es esta experiencia como para que diversos comentaristas anti gobierno consideren hoy "exitoso" un paro, midiéndolo por la cantidad de sedes institucionales quemadas, rehenes tomados, periodistas agredidos, carreteras y calles bloqueadas, o muertes generadas como la de Lucy de la Cruz Otiniano , joven gestante de apenas 19 años de edad, quien no pudo arribar al hospital de Santiago de Chuco porque un grupo de vándalos en marcha impidió el paso a la ambulancia que la trasladaba?
Renunciar a la estadística de concurrencia laboral, abastecimiento a los centros de abastos, asistencia escolar y universitaria, movilización del servicio de transporte urbano, interurbano o interprovincial, traduce una peligrosa miopía que afirma la vena totalitaria de los revoltosos y le quita pergaminos a la protesta social. Ahora el sinónimo de paro es destrucción, violencia, salvajismo. Y esto representa el peor insulto al Perú trabajador que – sin discusión alguna – fue quien ganó la calle el miércoles 09 de julio.
(cesarcamposlima@yahoo.com)
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