Hillary Rodham Clinton ya hizo historia en los Estados Unidos. La ex primera dama demostró que no se rinde y que cuando pelea, lo hace hasta que la última gota de sudor haya caído sobre su rostro. Sin embargo, también ha demostrado, que aunque se toma su tiempo, sabe perder y ponerse por encima de sus propias pasiones para hacer lo que ‘tiene que hacer” por su partido político y por sus ideales superiores.
Hillary ha dicho adiós a sus pretensiones de ser la primera mujer nominada del partido Demócrata para la carrera hacia la Casa Blanca, pero ha pedido a sus seguidores, que apoyen sin desmayo a Barack Obama, su adversario hasta el martes pasado, para ayudarlo a llegar a ser el primer Presidente afroamericano de los Estados Unidos.
En un discurso apasionado y cargado de emociones, Hillary Clinton ha asegurado que “la mejor manera de continuar nuestra batalla y lograr los objetivos es hacer todo lo posible, para que Barack Obama sea el elegido el próximo noviembre”.
Dicho esto nos preguntamos: Este discurso de despedida será suficiente para restaurar las heridas abiertas durante las primarias más apasionantes y apretadas de la historia moderna de esta Nación? Será suficiente para endosarle a Barack Obama los votos de esas mujeres leales y adoloridas porque su candidata no fue la elegida? Será suficiente para que Barack Obama pueda sintonizar con el voto Latino que durante toda la campaña le sonrió a Hillary Clinton?
Una candidatura común con Hillary para la Vicepresidencia les asegura a los Demócratas un triunfo frente a la maquinaria del partido Republicano, que aunque desgastado, aun se mueve en bloque? Quizá en cada una de las preguntas que muchos nos estamos haciendo habrá afirmaciones y negaciones, pero lo que pocos podrán refutar, es que Estados Unidos necesita una nueva dirección. Un nuevo liderazgo. Lo que hoy enfrenta es el desafío de seguir siendo el país del sueño Americano, el país en donde lo imposible es posible y por supuesto el país de las libertades y los valores. Eso es lo que está en juego. No hay que olvidarlo.
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